jueves, 5 de febrero de 2009

paparazzi


Me enteré tarde que la diferencia entre 110 y 220 voltios es un abismo insondable en la zona atlántica de Colombia, por lo que el cargador de baterías y la maquinita de depilar pesaron inútilmente a lo largo de mi viaje. Cada foto se volvió un objeto preciado, no sólo por lo que mostraba, sino porque su presencia implicaba la negación de otra foto que ya no podría sacar más adelante, cuando se terminara la batería. Varios días sometí a juicio mi criterio estético, debatiéndome acerca de que fotos sacar, “esas que valieran la pena”. Claro que entre “esas...” se infiltraron fotos a mis pies y a edificios mal encuadrados.
Después de tanto ajuste, el último día de viaje me descubrí con espacio libre en la memoria y demasiada batería, casi un derroche. Me puse a sacar fotos, a gastarlas todas, que no quedara nada. Me acuerdo la última, que quise sacarle a una homless bogotana, para alejarme un poco de la vida chévere que venía retratando. Estaba apuntando cuando la mujer se dio cuenta y empezó a cagarme a puteadas, a decirme que no le sacara, que me metiera la cámara en el culo y cosas por el estilo. Mi última foto fue a una pared vacía, esquivando la mirada reprochona de la homless, sintiéndome una completa imbécil.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

y así nace la historia de "la foto de la pared vacía"...

Lau dijo...

Posteate alguna, loquis!